(Source: lavin-compae)
(Source: lavin-compae)
(Source: n-de-nacha, via quantumfluctuations)
The chief Raoni cries when he learns that brazilian president Dilma released the beginning of construction of the hydroelectric plant of Belo Monte, even after tens of thousands of letters and emails addressed to her and which were ignored as the more than 600,000 signatures. That is, the death sentence of the peoples of Great Bend of the Xingu river is enacted. Belo Monte will inundate at least 400,000 hectares of forest, an area bigger than the Panama Canal, thus expelling 40,000 indigenous and local populations and destroying habitat valuable for many species - all to produce electricity at a high social, economic and environmental cost, which could easily be generated with greater investments in energy efficiency.
It was brought to my attention that there is a petition we all can sign to help support these indigenous people and the Amazon. Please take a second to check it out below or comparable petitions that are available. Thank you.
http://amazonwatch.org/take-action/stop-the-belo-monte-monster-dam
Más allá de cualquier descripción podríamos decir que Cabo Polonio es un lugar impredecible. Desde el ciclo de las nubes cada día, hasta las formas que se hacen en las dunas de arena y todo lo que nos puede encontrar en este lugar en cualquier momento, parece fortuito.
Pero vamos por partes.
Un día de Marzo decidimos ir a Cabo Polonio sin saber mucho de lo que podíamos encontrar en nuestro camino. Escuchamos del Cabo en un viaje a chile y todos los comentarios que nos llegaron fueron entusiasmantes. Desde un lugar radicalmente diferente a cualquier otro, distraído de los frenéticos movimientos del mundo “civilizado”, hasta sus escasos habitantes permanentes, sus ranchitos de madera, la energía del lugar y la inexistencia de luz eléctrica, todo nos iba dando luces de un lugar insospechado y mágico.
Así que un día de Abril, hicimos las mochilas y nos fuimos desde Buenos Aires rumbo a Cabo Polonio.
Tomamos un micro en la noche que nos dejó en Montevideo a la mañana siguiente. Después de cruzar la frontera ya el día nos iba sorprendiendo con un amanecer de todos los colores, al que no dejamos de sacarle algunas fotografías, entusiasmados por la experiencia de viaje y por las expectativas que teníamos. Llegamos al terminal Tres Cruces en la capital Uruguaya, cambiamos dinero y nos dirigimos al puesto de turismo a solicitar unos mapas. Cuando preguntamos por mapas de Cabo Polonio, los funcionarios del puesto nos dijeron que no era un destino de más de un día, que no convenía quedarse allí porque no tenía cómodos hoteles con varias estrellas, luz eléctrica, ni siquiera calles! Comentaba una chica. Mientras ella nos recomendaba pasar nuestra estadía en pueblos cercanos como La Paloma o La Pedrera enunciando los “defectos” del Cabo, nosotros más nos emocionábamos de visitar ese lugar, tan lejano del cliché veraniego… unos minutos después ya estábamos en un ómnibus de la compañía Rutas Del Sol que nos acercaba más a nuestro destino.
Resulta que Cabo Polonio es un parque natural así que tiene ciertas normas para poder entrar y mantenerse allí. Cuando bajamos del ómnibus, nos encontramos con una cabañita con alguna información de la zona y de los parques naturales de Uruguay, este lugar es el último paso antes de llegar al cabo. Esperamos algunos minutos mientras llegaba el “Safari”, un carro tipo 4X4 que nos llevaría finalmente a Cabo Polonio. Este trayecto también puede hacerse a pie en un recorrido por bosque y arena muy agradable, pero no recomendable si llevas una mochila pesada.
Después de unos minutos y un trayecto rodeado de bosque y playa, entrada la tarde finalmente llegamos. El lugar estaba algo frío (era otoño) y todo cubierto por una niebla espesa, pero que daba un toque misterioso y nostálgico que complementaba el paisaje del final de la tarde. Nos encontramos con unos viajeros argentinos, que nos ofrecieron una habitación en “la casa del ajo” un ranchito que estaba siendo adecuado para ser un hostel, y allá fuimos. Nos acomodamos en el segundo piso de una casita en madera, súper acogedora, llena de objetos de toda clase que contaban historias del cabo y del dueño de la casa. Teníamos acceso a una terracita con vista al mar, un cuadro perfecto y compartíamos la casa con un francés, y dos norteamericanas e Izabela, una polaca con la que horas después compartiríamos una experiencia deslumbrante. Los argentinos venian viajando en una camioneta Volkswagen y durante el invierno cuidaban la casa del “Ajo”, un uruguayo que vivía en una comunidad fuera del cabo, (días después llegaría el Ajo en persona junto con sus compañeros)


Después de dejar las mochilas salimos a aprovechar los últimos rayos del sol para sacar algunas fotos, y comprar algo para la cena en uno de los dos pequeños mercaditos. Cuando cayó la noche volvimos al hostel y estaba un chico de las Canarias que nos invitó junto con Iza a dar un paseo por la playa para ver unos puntitos que alumbraban cada vez que la ola pegaba en la arena. ¡Un fenómeno de Bioluminiscencia! Pequeños destellos verdosos que interrumpían la oscuridad del mar y los truenos que se escuchaban a lo lejos. Avanzamos en el paseo, sin linterna, hasta que se largó a llover durísimo y estábamos lo suficientemente lejos para no volver al hostel, pero cerca de una casita iluminada con velitas y unas personas pasando el tiempo en el corredor. Hacia allá corrimos para resguardarnos del aguacero y nos quedamos conversando con un grupo de amigos de Montevideo que habían ido a pasar el fin de semana al cabo. Preocupados por el camino de regreso al hostel empezamos a evaluar la posibilidad de irnos, hasta que la tormenta empezó seriamente a llegar al cabo. Rayos caían por todo lado, el mar estaba furioso y los truenos hacían tanto ruido que teníamos que gritar para comunicarnos. Curiosamente la lluvia había cesado un poco y apenas una caía una llovizna, y en ese momento, junto con Iza decidimos que era la ultima oportunidad para volver al hostel. Salimos en medio de la tormenta, los rayos hacían aparecer la luz del día por algunos segundos y eso nos guiaba en el camino, a cada tanto caían rayos que nos indicaban el camino y nos ayudaban a identificar entre tantos ranchitos, el hostel. El viento de nuestra contra y los pies que se hundían mucho sobre la arena dificultaba nuestra caminata afanada. El mar no se tranquilizaba, no dejaba de brillar y la lluvia nos mojaba todas las emociones al mismo tiempo. Así fue nuestra primera noche en el cabo, llena de sorpresas deslumbrantes y emociones.
La vida en el cabo es otra, no hay calles ni nomeclatura, sus habitantes permanentes no pasan de 30 personas, hay una pequeña casa rosada que funciona como hostel y biblioteca, no existe el tiempo, la electricidad es generada por paneles solares, en la noche te alumbras con velitas… es un lugar que felizmente logró escapar del mundo.



Los días siguientes hicimos lo que nos invitaba el lugar. Visitamos las dunas de arena, subimos al faro, vimos a los leones marinos, cenamos una deliciosa pizza, hecha a la piedra, a la luz de las velas, acompañada con vino y escuchando un poquito de Bossa-Nova en el restaurante de una chica que había llegado de vacaciones hace algunos años con su novio, y no volvió nunca de las vacaciones. Recorrimos las pequeñas colinas y los ranchitos de todos los colores, visitamos el bosque… y no fuimos capaces de entrar en el mar. Miedo al frío.

Aunque fuimos en otoño, algunos momentos pudimos sacarnos el abrigo y disfrutar del sol, el clima era muy agradable y el paisaje ni hablar. Caminábamos horas y horas mojándonos los pies y los pensamientos en el mar y no nos encontrábamos a nadie, salvo algunas vacas propiedad de los lugareños. La experiencia en el cabo fue maravillosa, el tiempo no existe en ese lugar, todo está a nuestra disposición, sin afanes, sin minutos ni segundos, el lugar invita a conocerlo y conocernos, a sintonizarse con su energía y amar cada latido del corazón.
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Finalmente está comenzando,
Poesía de luz dejó de ser un sueño entusiasta en medio de las dunas de arena de Cabo Polonio en Uruguay, y estamos dibujando los primeros versos de esta poesía.
saludos.
Fotografía de viaje por
Constanza Solórzano y Juan Pablo García.
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